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El
Quiosco era el cuartel general de la
red de fuga de judios que Lola, en
colaboración con sus dos hermanas había
creado en 1941 en la Estación de Ribadavia/
Fotografía Museo Etnológico de
Ribadavia.
Un hombre de
estatura elevada, barbudo y sucio, tapado con un
abrigo de mendigo, está acurrucado en una esquina
del único banco de madera del andén. Lleva todo el
día mirando de reojo pasar vagones Miño abajo. Cae
la noche de abril sobre la estación de ferrocarril
de Ribadavia. La voz sale desde el quiosco, famoso
por las rosquillas, dulces de almendra y licor de
café, que regentan las hermanas Touza: «Mira ese
hombre, lleva todo el día ahí sentado sin coger un
tren...». Año 1941. Europa se desangra en la II
Guerra Mundial. Los judíos que pueden huyen hasta el
mismísimo fin del mundo para escapar de las llamas
del Holocausto. Lola, una de las hermanas de la
cantina, no duda en acercarse al forastero. Le habla
en español. Él responde, con sus tristes ojos
azules, en lenguas que ella no comprende.
¿Compasión,
instinto? La gallega nunca explicó por qué dio
cobijo en su casa a aquel desarrapado. Pero lo hizo.
Y hoy un árbol sembrado este septiembre en una
colina de Jerusalén —donde brotan pinos en memoria
de los llamados Justos entre las Naciones— cuenta la
heroica y silenciada historia que convirtió a Lola
Touza Domínguez, la quiosquera de Ribadavia, en
salvadora de cientos de judíos perseguidos. En una
auténtica Schindler gallega.

Lola Touza, con
el pelo blanco, a los 67 años, en una
fiesta familiar, en 1961. Su apodo de
guerra era "La Madre".
Con aquel hombre,
Lola y sus dos hermanas empezaron a tejer una red de
fuga —por la que llegaron a escapar más de medio
millar de judíos— que arrancaba en los Pirineos y
terminaba al otro lado del río Miño, en Portugal. Se
juramentaron con un barquero, dos taxistas y un
emigrante retornado al que en el pueblo llamaban El
Evangelista. Un silencio gallego que ha durado más
de 60 años.
El nombre de aquel
flaco judío-alemán de los ojos azules, llegado de
Lyon, de donde se había escapado del campo de
concentración con un asturiano al que las balas
nazis mataron tras la huida, fue uno de los muchos
que Lola y sus valientes cómplices se llevaron a la
tumba. Porque todos los héroes anónimos de la trama
gallega de fuga de judíos están muertos. Si por
ellos fuera, en el camposanto de la Villa feudal
ourensana, partido por un muro de piedra vieja que
lo separa del cementerio de los infieles, aún
dormiría aquel secreto.
No han sido ellas,
ni sus sobrinos, ni sus nietos quienes han
desenterrado el juramento de silencio que las Touza
se hicieron en vida. La voz delatora llegó del otro
lado del Atlántico. Un viejo judío neoyorquino
quiso, allá por 1964 (dos años antes de que Lola
falleciera a los 72 años), saber qué había sido de
aquella mujer que le llevó una noche sin luna al
otro lado de la frontera. A la libertad. Se llamaba
Isaac Retzmann y, como tantos otros salvados por la
cantinera ribadaviense, pudo alcanzar América en
1943.

Amparo, Lola y Julia Touza.
Retzmann, próspero
comerciante alemán de padres judíos, había conocido
a un emigrante gallego en la Gran Manzana, un tal
Amancio Vázquez, y, sabiendo que éste volvía al
terruño de vacaciones, le pidió encarecidamente que
preguntara por las hermanas Touza. Tenía 70 años y
una delicada salud que le hacía presagiar una muerte
anticipada. El encargo terminó llegando a un librero
de Vigo, Antón Patiño Regueira, y con él empezó a
alumbrarse esta historia oculta que Crónica desvela
en exclusiva (Antón dejó escrito antes de morir, en
2005, el esbozo de la verdad de estos héroes de
Ribadavia).
De Lola Touza, la
más bella de las hermanas —«Tenía una cara muy
dulce», recuerda su nieto Julio—, se sabía que su
imagen había ilustrado una estampa que circuló por
el frente de guerra del 36 para animar a las tropas.
Que los niños de Ribadavia aprovechaban los recreos
del colegio para ir a su quiosco a probar deliciosos
dulces caseros. Que era una madre soltera más, de
las muchas de la época. Lo que nadie sospechaba era
que la popular mujer de la cantina valía mucho más
por lo que callaba. Lola, la madre de la gran fuga.
Abraham Bendayem,
Isaac Retzmann, un tal Ariel... En Jerusalén siguen
reuniendo testimonios y nombres para elaborar la
larga lista de quienes le deben la vida. Los
cálculos más conservadores hablan de casi 400 judíos
salvados —exactamente 384, lo que matemáticamente
equivaldría a dos personas por semana durante los
cuatro años, 1941 a 1945, que se mantuvo activa la
red de escapada—. Aunque estimaciones más realistas
sostienen que el número podría superar el medio
millar.
Sesenta años
después, llueven los parabienes en el hogar de los
Touza. Adosada a un muro de la que fue casa de las
heroínas en Ribadavia (calle Juez Viñas, 2), luce
desde el 7 de septiembre una placa de bronce: «A las
tres hermanas, Lola, Amparo y Julia Touza,
luchadoras por la libertad». El propio presidente de
la Asamblea Universal Sefardí, Isaac Siboni, en una
carta fechada el pasado 7 de agosto, dejaba
constancia escrita del sentimiento de toda la
comunidad judía: «Nuestro testimonio de admiración y
gratitud para Lola, Amparo y Julia, quienes aun a
riesgo de sus vidas han salvado a sus semejantes, a
nuestros hermanos, de una muerte segura». Cuatro
días después, el reconocimiento llevaba la firma de
Ron Pundak, al frente de The Peres Center for Peace,
la fundación para la paz que auspicia el presidente
de Israel, Simón Peres. Dice así:«Recordar estos
días a las hermanas Touza es un ejemplo para el
futuro de amor y de valor, principios escasos en
estos tiempos de odio».
Hasta la fecha,
sólo tres españoles —el diplomático Eduardo Propper
de Callejón, destinado en Francia, y los
funcionarios de la embajada española en Berlin José
Ruiz de Santaella y su esposa Carmen Schrader—
ostentan el título de Justos entre las Naciones, el
equivalente a la causa de beatificación católica,
que concede la Fundación Yad Vashem a quienes, como
Lola, salvaron a sus compatriotas del exterminio. La
santificación judía de la gallega está en marcha.
Han tenido que
pasar tres generaciones para que un Touza, Julio, 57
años, el nieto, pueda reconstruir la historia de su
abuela. Mientras cruzamos la calle Orense (paradojas
del destino) que conduce a su estudio de Madrid, los
recuerdos afloran nítidos en su cabeza. «Ahora me
explico muchas de las cosas que ella hacía, que
hablaba en alto...». El prestigioso arquitecto
revive las tardes de domingo en casa de Lola, un
antiguo caserón con arcos de piedra, los bailes de
fin de semana en la planta de arriba, aquella
bolsita de tela cargada de monedas que ella guardaba
celosamente en un cajón del viejo aparador... «Eran
duros de plata alfonsinos. No quería que nadie los
tocara. Valían más que la peseta, ya en curso, y yo,
que era un niño, pensaba que mi abuela los
coleccionaba. Pero no. Los guardaba como recuerdo de
otros tiempos. Con monedas como ésas había pagado
algunos favores y el resto se lo había dado a los
judíos escapados. Nadie en la familia lo supo nunca.
Ni siquiera su único hijo, mi padre... Se ha muerto
sin saberlo».
LA
COARTADA
Cosas de la vida.
Aquellos pasodobles, tangos y chachachás no sólo
daban a las Touza unos dinerillos extra con los que
poder capear las penurias domésticas en una España
mísera de posguerra, donde judíos y masones
encarnaban todos los males. Pero no era más que una
coartada. De aquellas tardes de bailes y bacarrá,
Lola hacía caja para su causa clandestina. «Nadie
pasaba hambre a su lado», recuerda el músico de La
Lira (banda del pueblo) Ramón Estévez Arango,
protagonista ocasional de aquella gran evasión.
«Vendía lo que hiciera falta, un abrigo, un anillo,
cualquier cosa con tal de ayudar a un solo judío.
Era de naturaleza muy desprendida». Generosa.
Y de pronto nos
viene a la memoria el angustiado rostro de Oskar, el
héroe de la inolvidable película La lista de
Schindler, con ojos llorosos y gesto desesperado,
mientras a su alrededor un grupo de hombres y
mujeres enternecidos esperan a que el empresario
benefactor los elija para su fábrica, salvándoles
así de la muerte en un campo nazi. «El coche. ¿Por
qué me quedé el coche? Valía 10 personas. Diez
personas más… Esta pluma. Dos personas. Es de oro…
Dos personas más… Él (se refería a un oficial de la
SS) me hubiera dado dos personas por ella, al menos
una. Una persona más. Por esto… ¡Pude haber salvado
a una persona más...!». «Lola era como Schindler»,
remacha Ramón, el vecino músico. Lola Schindler
Touza. El cerebro de la escapada. «No entendía de
partidos ni de credos religiosos». Y dicho esto, el
viudo hombretón sienta sus 86 años en un banco de la
cocina de su casa, en el corazón del barrio judío de
Ribadavia (otro guiño del destino), y con parsimonia
espera a que las campanas de iglesia de Santiago
enmudezcan.
Lola, para el
músico Ramón, es una dulce historia de adolescencia.
Tenía 17 años cuando se tropezó de bruces con esa
realidad que nadie en el pueblo parecía ver. Era una
mañana de septiembre de 1941 y ayudaba a su padre,
Francisco Estévez, en la descarga de un vagón de
ladrillos. Lola se acercó a Paco, como ella le
llamaba, y con discreción le preguntó: «¿Cuándo vais
de pesca? Necesito que me hagas un favor. Tengo aquí
a una persona que quiere pasar a Portugal, pero no
quiere hacerlo en tren ni por carretera».
A la mujer le
habían soplado que dos agentes de la Gestapo
—llegados de Vigo, desde cuyo puerto transportaban
el wolframio extraído de las minas gallegas para
nutrir la maquinaria de guerra de Hitler—,
merodeaban por los alrededores del pueblo a la caza
de un judío-alemán fugado de Francia. «Mi padre, por
aprecio a Lola, no lo dudó», rememora Ramón. Y esa
misma madrugada, a las cuatro en punto, acudieron a
la casa de la mujer armados con sus cañas de pescar.

DESNUDO Y
AL AGUA
«A él le dimos
otra caña y, aunque chapurreaba el español, le
dijimos que no hablara. Nos fuimos directos a la
orilla del Miño y echamos a andar toda la noche.
Nadie sospecharía, pues muchos pescadores solían
salir a esa hora en busca de truchas y anguilas para
matar el hambre». Por si acaso, Paco se quedó atrás
mientras su hijo y el extranjero apuraban el paso.
Horas más tarde, recorridos ya casi 40 kilómetros
por un sendero empedrado, llegaron a Frieira, la
aldea gallega que linda con Portugal. «Como yo era
un chaval, el alemán me preguntó si no me importaba
que se quitara la ropa. Le dije que no. La dobló y
se la ató a la cabeza con el cinto del pantalón. «Te
recordaré toda la vida, amigo», me habló en bajo al
oído antes de echarse al agua, al tiempo que me
regalaba un duro de plata alfonsino. Vi como
alcanzaba la orilla portuguesa, y desde entonces
nunca más supe de él. En el antebrazo llevaba
tatuado el 451... Me dijo que se llamaba Abraham
Bendayem».
Abraham era aquel
hombre de la estación de ferrocarril, el de los
tristes ojos azules, barbudo y sucio, con el que
Lola abrió la ruta clandestina —dicen que la más
importante de la Península— por la que cientos de
judíos ganaron la salvación. Lejos de su tierra
prometida. Los más, alcanzaron las costas de Estados
Unidos, Brasil, Argentina y Venezuela. Otros
escaparon a África, sobre todo a Marruecos y
Argelia. Gracias al boca a boca y a la eficaz
organización de la comunidad judía, el nombre de
Lola se extendió por Europa.

Ni el férreo
secreto, ni las noches cerradas garantizaban, sin
embargo, que la fuga llegara a buen puerto. Por eso
Lola se cuidaba mucho de las compañías. Una palabra
a destiempo, un gesto o una mirada indiscreta podían
llevarla a la lista de traidores o al destierro
perpetuo en una cárcel. La madre, su nombre de
guerra en la red de fuga, se rodeó de lugartenientes
fieles hasta la muerte. Dos taxistas (José Rocha
Freijido y Javier Míguez Fernández, El Calavera),
Ricardo Pérez Parada, apodado El Evangelista, que
había aprendido inglés y polaco siendo emigrante en
Nueva York, y que hacía de traductor) y el barquero
Ramón Estévez. Según la ruta que eligiera Lola
—había ideado tres: por senderos, carreteras de
tercera y cruzando el Miño— actuaban estos héroes
anónimos.

Todo empezaba con
la llegada de un convoy señalado a la estación de
Ribadavia. Lola esperaba con su cesta llena de
rosquillas, caramelos y dulces de almendra en las
manos. A veces los ofrecía por las ventanillas desde
el andén. Otras veces se subía al tren y recorría
los vagones con su mercancía. Era entonces cuando se
encontraba siempre con alguien que le anunciaba la
llegada inminente (día, hora y vagón) de una nueva
tanda de judíos.

Los días de
llegada, Lola era la primera en abandonar el
quiosco. El mensaje de que unos judíos arribarían en
las próximas horas corría rápido a los oídos del
Calavera. Y en el silencio de la noche elegida, se
consumaba la fuga de aquellos desesperados a bordo
de su taxi, un Dodge negro americano. «Quién me lo
iba a decir, Dios mío... Mi padre...». María del
Carmen no se lo cree. Pregunta a la gente del
pueblo, todos se extrañan. «Él fue legionario. ¿Qué
le parece? Estuvo de chófer de Millán Astray. Y con
aquel aspecto de hombre duro que tenía... ¡Qué
orgullosa estoy de él».
—¿Nunca le hizo un
comentario?
—Jamás. Lo único
que nos decía en casa era que no quería comer peces
del Miño.
—¿Por qué?
—Decía que estaba
contaminado. Luego supimos que en la guerra los de
Franco y los del otro bando tiraban a cantidad gente
desde un puente que cruzaba el río. A los que se
agarraban a los hierros les cortaban las manos.
Muchos murieron ahogados o desangrados. Por eso mi
padre nunca quiso comer peces.
Tal vez no fuese
Lola la única que estaba en la diana de la Gestapo.
Según va tirando de la historia su nieto Julio, al
parecer, el servicio secreto británico contaba en
Vigo con un espía que seguía de cerca los pasos de
los alemanes. Se llamaba Eduardo Martínez y era
médico. «Es muy probable que conociera a mi abuela»,
baraja el arquitecto. Sus informaciones fueron
reconocidas por el Gobierno de las Islas con la
Medalla al Valor, en 1945. «Estos días le he pedido
al MI5 que busque los nombres de mi abuela y de mis
tías en sus archivos. Me dijeron que pronto
desclasificarán algunos papeles de la guerra. Quizás
ahí esté la lista que andamos buscando».
La lista de Lola.
Nombre en clave: La madre. |